Estambul: esta historia no trata sobre…

Abril, Semana Santa del 2012 

Este historia no es sobre como me hospedé gratuitamente, en tres casas diferentes de gente local durante 8 días. (Ni de como estaba muy asustada al principio, historia para otro post)

Esta historia no trata sobre como en la tercera casa, no llegué a conocer al dueño, él estaba de viaje y me dejó las llaves de su casa. Voto de confianza total.

Esta historia no es sobre cómo mi última noche en Estambul, terminé bailando salsa enmedio de una clase frente a 50 personas, justo 3 horas antes de salir hacia el aeropuerto.

Esta historia no se trata de cómo mientras tomaba fotos a la entrada de una mezquita una mujer en su burka me guiño el ojo (sensación entre sorpresa y risa nerviosa. Primera vez que veía mujeres en burka y me creaba respeto, no lo puedo evitar).

Esta historia no se trata sobre cuando comí un durum hecho con un relleno de 21 especias y menta. Espectacular y picante, muy muy picante.

Tampoco es esta historia sobre cómo Estambul realmente es la ciudad que nunca duerme (2 a.m. Barberías abiertas y los mercados también)

Esta historia no se trata de cómo encontré en el mercado un queso muy parecido al que como en Honduras. Algo que no he encontrado en ningun otro lado. El quesillo.  ¡Viva el quesillo en Estambul!

 

Esta historia no se trata de cómo me hice amiga de cada gato que encontraba por la calle. Turquía es el paraíso para un amante de los gatos. Mi paraíso. 

Esta historia no se trata de cómo un chico saludó a mi cámara mientras tomaba fotos de la multitud. Parece ser que aquí a la gente le encanta guiñar y saludar a mi lente. Y asustarme.

Esta historia no es sobre mi disfrutando por primera vez de música balcánica, en el último piso de un edificio con lindas vistas nocturnas de la ciudad. Todo esto gracias a que uno de mis anfitriones me llevo. Estos son los grajes de explorar una ciudad con gente local.

Tampoco trata esta historia sobre mi encuentro en la calle con la celebración de una boda turca.

Esta historia tampoco se trata sobre como me quede encantada con la repostería turca, que es igual o mejor que la pastelería francesa. Franceses: no me odien por decir esto.

Todo lo anterior es material para otra historia o quizás para  20 historias más. 

Esta historia en realidad trata sobre como después de 7 días, una vez visto cada monumento y lugar turístico, decidí descubrir algún barrio de Estambul, lejos de la urbe, lejos del turismo.  Conocer otra faceta. Otra realidad.

Empecé a caminar lejos de los mercados en busca de ese barrio. De repente me fui quedando sola y un poco asustada. Empecé a ver edificaciones de madera, algunas casas casi cayéndose, otras abandonadas.  No tenía idea de donde estaba pero sabía por dónde regresar (o al menos eso es lo que yo suelo creer siempre, hasta que me pierdo, varias veces jaja).

Se podía ver la ropa colgada por fuera de las casas, como se suele ver en los barrios de muchas ciudades. Finalmente empiezo a ver gente de nuevo: me encuentro con 3 niños y unas chicas que simpáticamente se acercaron a mi. Empezamos a interactuar, les tomé fotos, nos reímos, se reían al verse a ellos mismos en la cámara.

No podíamos comunicarnos en ningún idioma, más que en el idioma de la simpatía y de la fotografía.  

Pasó el tiempo, y ya tocaba regresar para preparar mi mochila, era mi último día en Estambul.  Así que me despido de los niños y empiezo a caminar de regreso. En ese momento solo pienso “Ya está, ya vi lo que quería ver. Con esto y todo lo que me ha pasado toda la semana ya puedo decir que he vivido lo que quería vivir en este viaje”.

En este punto todavía no sabía que por la noche estaría bailando salsa enfrente de una clase de 50 personas justo unas horas antes de irme para el aeropuerto. Bailar salsa, una de mis pasiones. Esa iba a ser la cereza del pastel…pero no.

Esa última noche, iba ya con mi mochila, bailé salsa pero después volví al lugar donde fui a ver el concierto de música balcánica. Si, más fiesta antes de ir al bus que me llevaría al aeropuerto, pero calculé mal y lo perdí.

Tres y media de la madrugada, ahora a preguntar cómo podía ir al aeropuerto de forma “regular”. Me subí a un bus público al estilo “rapiditos” de Honduras (buses pequeños que van parando por todos lados).  Este bus me dejó en un pueblo perdido enmedio de la nada, ahora tocaba pedir un taxi que me acercara al aeropuerto.

Este era ya el último susto de adrenalina en la oscuridad. Con mi mochila, un último paso para llegar a tomar mi avión de regreso a España y por fin poner la cereza en el pastel.

 

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